martes, 19 de mayo de 2009

LA AVELLANA DE ALEC GUINNESS

Acaba de aparecer en inglés la biografía oficial del actor británico Alec Guinness, fallecido en el año 2000. Como saben fue ídolo de toda una generación por su papel de maestro jedi, Obi Wan Kenobi, en La Guerra de las Galaxias. Antes ya tenía un enorme prestigio y popularidad en el mundo del cine al haber conseguido un Óscar en 1957 por su papel en El puente sobre el Río Kwai. En "Alec Guinnes: the authorized biography" el escritor, Piers Paul Read dedica una atención especial a la fe católica del actor, que no era otra que la fe de un converso, en la que siempre encontró consuelo y crecimiento. Después de una infancia y juventud bastante difícil y complicada, tras un proceso paulatino y meditado, se convierte al catolicismo a la edad de cuarenta años. Guinness escribe entonces en su diario: «Mi alma, mi cuerpo, mi cerebro languidecen necesitando religión. El mundo es demasiado inhóspito e inexpresivo sin un sentido de adoración». Al parecer a Alec le gustaba devorar las obras espirituales del cardenal Newman, de Chesterton, de Hilaire Belloc, de Knox, de Carlos de Foucauld o de Santa Teresa de Ávila. En uno de sus diarios tenía apuntado un pasaje de las "Revelaciones del Amor Divino", basado en las visiones de la beata medieval y mística Juliana de Norwich, en las que se puede leer: "Vi una cosa pequeñita en la palma de mi mano, del tamaño de una avellana, redonda como una bolita. Pensé, ¿qué será esto? Y se me respondió: «esto es todo lo que ha sido hecho». Me maravilló como podía mantenerse y no caer en la inexistencia por su pequeñez. Se me respondió: «se mantiene, y se mantendrá siempre, porque Dios lo ama". Cautivado por este pensamiento el actor británico siempre llevaba en su caja de maquillaje una avellana. Era lo primero que sacaba y ponía encima de la mesa del camerino cuando llegaba a un teatro. Supongo que al caballero británico le gustaba ver simbolizado en la diminuta avellana la pequeñez de nuestra existencia frente a la inmensidad y grandeza de un Dios que se preocupa desbordantemente por nosotros. Pequeñez que también resonaría en su conciencia al escuchar el aplauso del público que tanto suele sacar de la realidad a los artistas. Toda una lección de humildad.