Leo en La Contra de La Vanguardia una entrevista con Esther González, madre de una hija con leucemia, a la que ha "curado" engendrando a otra hermana genéticamente compatible para utilizar las células de su cordón umbilical. Ha sido una de las primeras mujeres en España que ha echado mano de la perniciosa técnica del "bebé medicamento". Después de esta experiencia ha decidido escribir un libro que se llama "Cuando la vida cura" y que ha publicado la Editorial Plataforma. Es evidente que desde que detecta la enfermedad de su primera hija hasta que consigue que nazca la segunda para sanarla, ha pasado por un largo y doloroso calvario lleno de permisos, papeleos, autorizaciones, prejuicios y demás obstáculos. De sus declaraciones se desprende que uno de sus principales enemigos en este periplo, curiosamente, ha sido Dios y la Iglesia Católica. Lo repite varias veces: "Yo le he pasado la mano por la cara a Dios, ¡yo le he ganado esta mano a Dios! Porque los médicos y políticos católicos de este país querían ver morir a mi hija Erine. Los médicos no me lo explicaron quizás porque eran católicos. ¡Pero puedes ser católico y persona! Algunos curas me llaman "egoísta" por "usar a Izel sin pedirle permiso". Pero yo le diré a ella: "Si un día tienes una hija así de enferma, ¿qué harás?". Y sé que entenderá". Yo no creo en la culpabilidad de Dios ni de su iglesia en toda esta historia. En otro momento de la entrevista explica cómo fue el proceso que siguió: "Me hormonaron para ovular, me extrajeron 39 óvulos, los fecundaron con el esperma de mi pareja, nueve de ellos resultaron ser 100% compatibles con Erine y me implantaron dos. Uno se me murió..., y tras nueve meses de embarazo ¡nació Izel! Los no desarrollados los doné a la ciencia, y otros cuatro fecundados han quedado allí congelados, y podría implantármelos". O lo que es lo mismo 39 embriones utilizados en la operación de los que sólo se implantaron dos (37 sobrantes). Para Esther esos embriones son "un grupito de células sin cara ni ojos en una probeta". Ahí radica la diferencia de planteamiento entre ella y la concepción del hombre que propugna la Iglesia Católica. Para los católicos los embriones ya son vidas humanas que no se pueden manipular, trocear, seleccionar, desechar o repartir. Son seres humanos con la misma dignidad que cualquiera de nosotros y no deben ser utilizados con ningún fin por muy bueno que éste sea. Tampoco el de curar a otras vidas aunque éstas sean defectuosas o estén a punto de morír. Tan crudo y real como la vida misma. No todo está permitido para salvar una vida. No hay que olvidar que todos fuimos células en un primer comienzo y de haber pasado por esta experiencia podríamos estar ahora congelados, desechados o muertos. Como padre haré cualquier cosa que esté en mis manos por salvar la vida de mi hijo. Lo he dicho en varias ocasiones en este blog. Cualquier cosa menos utilizar o destruír otras vidas para curarlo. O ¿sería capaz Esther de descuartizar ahora a su hija mayor para salvar a la pequeña? Estoy convencido de que no. La diferencia está en la concepción que uno tenga de lo que es "ese grupito de células sin cara ni ojos". Como no pueden hablar, desgraciadamante, sólo la Iglesia Católica se atreve a defenderlas. Son la primera expresión de la vida humana. Aunque no se vean, insisto, tienen igual dignidad que un anciano de ochenta años. Aunque esto tampoco le entre en la cabeza a nuestra ministra de igualdad.Cuando el hombre pierde el miedo a equivocarse es LIBRE. Eso es la REDENCIÓN. El PERDÓN. Cuando el hombre es consciente de que hay perdón rompe el último baluarte de los enemigos de la LIBERTAD, que es meter miedo. Se pierde el miedo incluso a la propia equivocación, se es más libre y entonces saca lo mejor de si mismo.
Mostrando entradas con la etiqueta Erine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Erine. Mostrar todas las entradas
viernes, 5 de junio de 2009
UN GRUPITO DE CÉLULAS SIN CARA NI OJOS
Leo en La Contra de La Vanguardia una entrevista con Esther González, madre de una hija con leucemia, a la que ha "curado" engendrando a otra hermana genéticamente compatible para utilizar las células de su cordón umbilical. Ha sido una de las primeras mujeres en España que ha echado mano de la perniciosa técnica del "bebé medicamento". Después de esta experiencia ha decidido escribir un libro que se llama "Cuando la vida cura" y que ha publicado la Editorial Plataforma. Es evidente que desde que detecta la enfermedad de su primera hija hasta que consigue que nazca la segunda para sanarla, ha pasado por un largo y doloroso calvario lleno de permisos, papeleos, autorizaciones, prejuicios y demás obstáculos. De sus declaraciones se desprende que uno de sus principales enemigos en este periplo, curiosamente, ha sido Dios y la Iglesia Católica. Lo repite varias veces: "Yo le he pasado la mano por la cara a Dios, ¡yo le he ganado esta mano a Dios! Porque los médicos y políticos católicos de este país querían ver morir a mi hija Erine. Los médicos no me lo explicaron quizás porque eran católicos. ¡Pero puedes ser católico y persona! Algunos curas me llaman "egoísta" por "usar a Izel sin pedirle permiso". Pero yo le diré a ella: "Si un día tienes una hija así de enferma, ¿qué harás?". Y sé que entenderá". Yo no creo en la culpabilidad de Dios ni de su iglesia en toda esta historia. En otro momento de la entrevista explica cómo fue el proceso que siguió: "Me hormonaron para ovular, me extrajeron 39 óvulos, los fecundaron con el esperma de mi pareja, nueve de ellos resultaron ser 100% compatibles con Erine y me implantaron dos. Uno se me murió..., y tras nueve meses de embarazo ¡nació Izel! Los no desarrollados los doné a la ciencia, y otros cuatro fecundados han quedado allí congelados, y podría implantármelos". O lo que es lo mismo 39 embriones utilizados en la operación de los que sólo se implantaron dos (37 sobrantes). Para Esther esos embriones son "un grupito de células sin cara ni ojos en una probeta". Ahí radica la diferencia de planteamiento entre ella y la concepción del hombre que propugna la Iglesia Católica. Para los católicos los embriones ya son vidas humanas que no se pueden manipular, trocear, seleccionar, desechar o repartir. Son seres humanos con la misma dignidad que cualquiera de nosotros y no deben ser utilizados con ningún fin por muy bueno que éste sea. Tampoco el de curar a otras vidas aunque éstas sean defectuosas o estén a punto de morír. Tan crudo y real como la vida misma. No todo está permitido para salvar una vida. No hay que olvidar que todos fuimos células en un primer comienzo y de haber pasado por esta experiencia podríamos estar ahora congelados, desechados o muertos. Como padre haré cualquier cosa que esté en mis manos por salvar la vida de mi hijo. Lo he dicho en varias ocasiones en este blog. Cualquier cosa menos utilizar o destruír otras vidas para curarlo. O ¿sería capaz Esther de descuartizar ahora a su hija mayor para salvar a la pequeña? Estoy convencido de que no. La diferencia está en la concepción que uno tenga de lo que es "ese grupito de células sin cara ni ojos". Como no pueden hablar, desgraciadamante, sólo la Iglesia Católica se atreve a defenderlas. Son la primera expresión de la vida humana. Aunque no se vean, insisto, tienen igual dignidad que un anciano de ochenta años. Aunque esto tampoco le entre en la cabeza a nuestra ministra de igualdad.
Etiquetas:
bebé medicamento,
cordón umbilical,
embriones,
Erine,
Esther González,
iglesia católica,
Izel,
La Contra,
La Vanguardia,
leucemia,
probeta,
selección genética,
utilitarismo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)