Leo con interés un artículo de Antonio Ruiz Retegui titulado "La sexualidad como donación" en el que se explica con acierto y lucidez las claves antropológicas de la sexualidad humana. Se refiere a la trivialización del sexo en la mentalidad posmoderna, a la reducción barata del profundo significado de la naturaleza de la donación sexual humana, a la interpretación equívoca de la entrega entre el hombre y la mujer como pura genitalidad o a la separación cruel y técnica de corporalidad, entrega y fecundidad. Asegura Retegui que la pedagogía sexual de hoy en día olvida nociones tan importantes como la espiritualidad, la entrega radical o la participación del ser humano en la Vida creadora. No se puede interpretar algo tan sagrado en clave puramente fisiológica. Es como si explicáramos la sonrisa de una persona únicamente en términos de contracción muscular:"De la misma forma que para interpretar bien la sonrisa de una persona no se debe hacerlo solamente en términos de contracción del músculo risorio es muy difícil comprender la profunda naturaleza de la donación sexual humana en clave puramente fisiológica como se hace hoy en día. El significado humano de la unión corporal hace posible que la donación del hombre y la mujer se haga fecunda por mediación de la corporalidad. Muy parecido, salvando las distancias, a que la alegría del alma se expresa en el rostro personal a través de la mediación material del músculo adecuado".

Domingo. 00:00 horas. Madrid. Paseo de la Castellana. Las ordas madridistas están a punto de volcar mi zarandeado coche nuevo (atrapado repentinamente en medio del caudal humano que desborda la vida del Bernabeu a la Cibeles) si no grito, canto y toco la bocina al compás de la euforia liguera que ha inundado la ciudad como en una superproducción de romanos. Definitivamente el fútbol es una religión que sustituye la innata necesidad de tener un algo que nos sobrepase y nos proporcione motivos para la Esperanza. El título de liga es sin duda algo muy parecido al cielo. Los madrileños necesitaban ganar un campeonato para poder dar rienda suelta a la mucha tensión acumulada en los últimos tiempos. No son sólo jóvenes. Hay mayores, niños, abuelos, padres, madres, tías, budistas, solteras, casadas, inmigrantes, pijos, prostitutas, carcamales, macarras, negros, chinos, católicos, progres, egkes, duques, paletos... Se contornean al son de la euforia celebrativa en una ceremonia catártica de autoinmolación agradecida. Lágrimas, aplausos, petardos, bocinas, banderas, abrazos... todo en grandes dosis y de una forma absolutamente desproporcionada y generosa para con la especie humana. En ese momento me acuerdo del programa que presentaba hace años Juanma López Iturriaga sobre el centenario del Real Madrid en Telemadrid. Siempre había una entrevista estelar con el socio merengue que tenía el carnet número 000003 y demás curiosidades y anecdotillas. La pregunta era inevitable: ¿Qué es para ti el madridismo?. El sujeto en cuestión, después de una transformación gestual y onomatopéyica sin precedentes, conseguía sobreponerse con gran esfuerzo para terminar aclarando: "Puff,..., es muy fuerte,...,es que no hay palabras". Puede que no las haya. 

Ya mencionamos en un post anterior la actuación de Bob Dylan ante el papa Juan Pablo II hace unos años. Ahora le acaban de conceder el premio Príncipe de Asturias de las Artes. He de reconocer que musicalmente nunca me ha parecido un genio. Para gustos, colores. Estuve en un concierto suyo hace un par de años y me decepcionó bastante su puesta en escena y su actitud frente al público. Sin embargo reconozco que hay algo en el personaje y en el mito que me parece muy atractivo. Robert Allen Zimmerman, que así se llama realmente, nació en el seno de una familia judía y su acercamiento al catolicismo se produjo a finales de los años setenta. Muchas de sus canciones tienen un marcado carácter trascendental. "Hay un hombre en una cruz: /ha sido crucificado./ ¿Sabes por qué y por quién ha muerto?», se pregunta en 'When you gonna wake up'. En 'Tryn' to get to heaven', anuncia: «Voy lleno de inquietud por la calle,/ tratando de alcanzar el Paraíso/ antes de que cierren la puerta». En una canción escrita para su hijo, 'Forever young', Dylan le desea que se cumplan sus sueños, que ayude y pueda ser ayudado por los demás, que crezca en la justicia y la verdad, que viva en la alegría y siempre se conserve joven. «Que Dios te toque y te inspire siempre», concluye. Pero el mensaje más profundamente religioso está en 'Ain't no man righteous, no not one': «Cuando un hombre sirve a Dios/ da sentido a su existencia».



